Fue un tranquilo día de noviembre de 1997 cuando 5 amigos decidieron dibujar en una pizarra un sueño: Un hogar para niños. Lo dibujaron tal y como lo imaginaban y pusieron sus firmas en él, confiando en que Dios les ayudaría a que se convirtiese en realidad.
No habían pasado 6 meses cuando les ofrecieron utilizar una finca en Portugal para poder trabajar con niños. Fueron a verla y se encontraron en vivo aquello que habían dibujado unos meses antes. Así que se mudaron a Portugal y empezaron a construir el sueño, al que llamaron “El refugio del Alba”.
En el año 2000 empezaron a llegar los primeros niños al hogar, historias tristes, auténticos dramas de niños en situaciones increíbles. Las lágrimas, la tristeza, la confusión y el miedo empezaron a entrar por nuestra puerta, y venían a vivir con nosotros.
Afortunadamente, las lágrimas no tardaron mucho tiempo en convertirse en alegría, esperanza y seguridad. Nosotros mismos nos sorprendimos con la capacidad de lucha y superación que tiene un niño, y presenciábamos en primera fila lo mucho que puede cambiar una vida.
Y así fue como, poco a poco, el Refugio del Alba se convirtió en una gran familia, así fue como el sueño tomó vida y se llenó de momentos, de ir al cole, de ayudar con los deberes, de jugar al fútbol, de fiestas de cumpleaños, de navidades, de abrazos, de problemas, de construir esperanza.
Pero no trabajamos solos, constantemente llega gente a nuestro hogar para formar, durante un tiempo, parte de esta gran familia. Personas diferentes, de muy diferentes partes del mundo pasan por aquí y ponen su granito de arena en las vidas de estos niños, sirviendo, cuidando, amando.
Todo esto a sido posible gracias a Dios y a la fiel colaboración de muchas familias que, desde sus propias casas, han ayudado al mantenimiento de cada niño del hogar. Cada uno de estos “padrinos” constituye un milagro para nosotros y forman parte de los cimientos sobre los que se apoya esta casa.