La jaula
Sábado, 16 de Febrero de 2008
Él creÃa que amaba
y, por eso,
tenÃa una jaula.
En algún lugar habÃa de atesorar
las esencias y los momentos,
los recuerdos y las cosechas,
los frutos y sus semillas,
las miradas, los besos.
De algún modo tenÃa que evitar
que se escapasen los contornos,
que se difuminaran los trazos,
¡los trazos firmes!,
con los que a ella para siempre
él la habÃa dibujado,
enamorado,
¿ciego?
De ahà los barrotes,
colocados con paciencia,
con táctica y estrategia,
con el sigilo propio
de quien camina con miedo,
como quien busca ser amado…
y se disfraza.

Él creÃa que amaba
y, por eso,
tenÃa una jaula.
Pero un dÃa supo
de un Amor que nada guarda ni
nada encierra,
que se consume y se desgasta:
efÃmero en cada segundo
y, sin embargo,
cada segundo más grande,
más profundo,
más lleno de mañana.
El que se entrega sin medida
ni cálculos ni plazos,
el que no dibuja lÃmites
para dejar libre el espacio,
el que no camufla lo débil
ni se viste para la ocasión
ni se maquilla tras el escenario.
El que no espera del otro,
pero con el otro espera
caminando.
Y quiso probarlo.
Y deseó liberarse de todo.
Y corrió a abrir la jaula.
Fue entonces cuando descubrió,
atónito ante los barrotes,
que era él quien estaba
dentro.

En Roma, un viernes.
Cuando atardecÃa, como casi siempre.

Los que no sabemos hacer poesÃa nos conformamos con inspirarnos torpemente en los que la ofrecen a manos llenas. Como en este hermoso duelo de complicidades, de enamorados que, quizá, entendieron el amor…
» Vasijas antiguas…
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